Infancias reveladas
Niñas y niños en riesgo de exclusión social participan en una iniciativa de fotovoz en Sri Lanka, convirtiéndose en jóvenes fotógrafos. A través de sus cámaras, capturan historias de comunidad, esperanza y transformación en una zona de pobreza urbana.
“¿Mi lugar preferido? El océano”, responde Rochana, de 13 años, y dispara el flash sin titubear, retratando la inmensidad del Índico. Vive en la cima de un rompeolas, en una cabaña erosionada por la sal que, en temporada de monzones, corre el riesgo de ser arrasada. La joven y su familia han sobrevivido al impacto del Ditwah, el ciclón que ha causado más de 600 muertes en Sri Lanka entre noviembre y diciembre de 2025. Los daños provocados por las inundaciones todavía son visibles en las maderas que erigen su hogar, así como en el centenar de infraviviendas que conforman el slum de Lunawa, en las afueras de Colombo.
Rochana crece en primera línea de vulnerabilidad climática, en un barrio de familias pescadoras y carpinteras donde un nuevo peligro ahoga a sus habitantes: el cristal, una metanfetamina que ha calado entre adultos y menores. “Por culpa de las drogas, muchos estudiantes no van a la escuela. Alguna gente incluso muere a causa de la drogadicción y siempre hay peleas en las familias”, explica. Siendo la mayor de tres hermanos, Rochana supone el principal pilar de su madre frente a la drogodependencia de su padre. “Quiero que se erradiquen las drogas y la violencia ya, que todas las niñas y niños del barrio vayan a la escuela y tengan comida y ropa. Me gustaría ayudar a convertir Lunawa en un lugar mejor”, añade.
Detrás de las vías del ferrocarril, la zona de chabolas da paso a los bloques de viviendas conocidos como Tsunami Flats. Los edificios carecen de ventanas y otros elementos arquitectónicos que algunos vecinos han revendido para comprar alcohol y estupefacientes. Allí residen familias realojadas por el tsunami de 2004, como la de Metusha, un niño que se ha criado con sus abuelos tras la desaparición de sus padres.
A sus 10 años, Metusha también sueña con transformar Lunawa. Enfoca un cubo de basura y aprieta el disparador de su cámara analógica. ¡Click! “No me gusta la suciedad. Si pudiera, barrería y limpiaría el barrio. Tampoco quiero que haya drogas”, manifiesta. Acude a diario al centro de extraescolares de la zona, un refugio para la infancia situado en el corazón del slum que recibe el apoyo de la Fundación Vicente Ferrer y que el mismo Metusha fotografía como su lugar favorito.
“Vengo aquí después del colegio, hago los deberes que me mandan los profesores y luego juego”, cuenta. Rodeados de cocoteros, niñas y niños desarrollan habilidades artísticas, repasan las clases y encuentran un lugar seguro donde abstraerse. Reciben apoyo nutricional y, a raíz de la situación de emergencia provocada por el ciclón, el centro también se ha reconvertido en un punto de ayuda y distribución para las familias de este enclave de la costa esrilanquesa.
Metusha y Rochana comparten las tardes en el centro. Hoy ambos llegan con el carrete de sus analógicas agotado, tras pasar la semana retratando Lunawa, junto a otras amigas y amigos. Sus imágenes reflejan la mirada de la infancia en un contexto de extrema vulnerabilidad, revelando aspiraciones y retos en una zona donde el 88% de los jóvenes abandonan los estudios antes de cumplir 15 años debido a problemas económicos.
Se estima que en 2050 un total de 2.000 millones de personas podrían vivir en barrios marcados por la falta de recursos, la ausencia de espacios seguros y la inseguridad alimentaria. El cambio climático amenaza con agravar estas desigualdades. En lugares como Lunawa, la educación y el acompañamiento comunitario se convierten en el salvavidas que sostiene la posibilidad de un futuro distinto.