Crecer no es un juego de niñas

Renuka, a caballo entre la infancia y la edad adulta, mira al futuro en busca de las herramientas que le permitan aligerar su mochila de responsabilidades.
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Son las cuatro de la tarde en Myagdi y Renuka inicia el ascenso a casa. La media hora de camino desde la escuela se le hace cuesta arriba mientras atraviesa la montaña. La mochila pesa y, al llegar, la deja rápido en el suelo, pero la presión sobre sus hombros no desaparece. No son solo libros y apuntes lo que carga.

Renuka Baniya es una de las muchas adolescentes nepalís que, en ese momento vital tan delicado, se han visto obligadas a crecer demasiado rápido. La enfermedad mental de su padre y la interminable jornada laboral de su madre para sostener a su familia impactan con fuerza en su rutina. Despertar al alba, cortar hierba, alimentar al ganado, hacer los deberes en el recreo, volver rápido a casa. A esto se suma cuidar de su hermano y hacer la cena. Al final de cada día, Renuka se rinde al cansancio.

La familia Baniya vive en las montañas centrales del país de los Himalayas, allí donde la vegetación se extiende hasta donde alcanza la mirada y los árboles frutales llenan el paisaje de guayabas, limones y naranjas. Pero detrás de la idílica postal de Nepal en primavera, se esconde una realidad de graves consecuencias. Aquí hasta las cosas más sencillas suponen un gran esfuerzo. Tenemos que caminar un largo trecho para llegar a la tienda de alimentos o a la escuela. Cada mes, mi padre tiene que ir a por su medicación y tarda dos o tres días en volver: es lo que cuesta bajar y subir la montaña”, explica Renuka con la naturalidad que acompaña a la costumbre.

Renuka cuida de su padre y hermano menos

Su madre, Shusma, trabaja en un restaurante por 2.000 rupias al mes y con esos 14€ al cambio mantiene a toda la familia. No tienen campos propios donde trabajar, aunque cultivan tierras de otros que pagan dando la mitad de la cosecha, una práctica muy habitual en esta zona. Por eso, para Renuka, ir al colegio es el mejor momento del día. En casa tengo que trabajar y me siento sola, pero en clase tengo amigas y es divertido. Hablamos de los altibajos de la vida, de los estudios... También realizo actividades que me hacen feliz”, cuenta sonriente.

Pero el futuro de Renuka, al igual que el de tantas otras jóvenes de su generación, es incierto. Si bien Nepal ha mejorado su posición en el Índice Global del Hambre al puesto 69 de 136 países, los retos continúan, especialmente en las comunidades vulnerables. Los avances no garantizan la seguridad alimentaria en un futuro próximo y sigue faltando atención a la salud de jóvenes y adolescentes.

Mi madre trabaja muy duro para que yo pueda ir al colegio y nunca se enfada conmigo, siempre me apoya y me dice que soy buena estudiante. Yo la animo diciéndole que haré algo en la vida para que no se preocupe, pero ahora mi prioridad es emigrar y ganar dinero para mi familia, relata bajando la voz. A lo que añade con un hilo de esperanza: “Si consigo un trabajo, el que sea, podré cumplir los deseos de mi madre sin que ella me lo pida”.

Renuka tiene claro que, si pudiera elegir, le gustaría ser maestra:La educación es importante para todo, incluso para saber qué hortalizas cultivar, por qué cultivarlas y cómo cultivarlas”, enumera. “La educación nos enseña, además, cómo comportarnos con nuestros padres y con nuestros hijos. Si recibes educación, es más fácil saber cómo cuidar de ellos”, resume con absoluta convicción. Renuka sabe bien que crecer no es un juego de niñas y quiere romper el círculo para dar a las hijas que le gustaría tener el cuidado que ellas necesitan.

Renuka carga con multitud de responsabilidades

Texto y fotografías: Katia Álvarez Charro | Traducción: Kunjani Pariyar Pyasi