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Compañeras de viaje

Sabita y Mira, dos madres jóvenes sin apoyo familiar, encuentran en su amistad un refugio donde sus hijos con discapacidad crecen con el cuidado que necesitan.

El viaje en autobús desde Koholpur hasta Katmandú es largo y agotador. Al duro trayecto de más de 12 horas por las serpenteantes carreteras nepalís se suman las miradas indiscretas y los comentarios sin tacto. Pero entre amigas, todo es más fácil. Mientras sus pequeños descansan en su regazo, las charlas y la compañía mutua apagan el ruido y hacen el viaje más llevadero.

Sabita y Mira tienen tantas cosas en común que la suya fue una amistad a primera vista: madres a los 18 años, sin el apoyo de sus maridos, haciendo frente a la discapacidad que afecta al control motor de sus pequeños. Se conocieron en el centro de día para niños y niñas con parálisis cerebral que la Fundación Vicente Ferrer apoya en Koholpur, su ciudad natal, y desde entonces no se han separado. Isika y Aloon tienen cuatro años y aunque no son hermanos, el vínculo entre sus madres les unirá para siempre.

Además de la atención que reciben en Koholpur, Sabita y Mira se desplazan con sus pequeños varias veces al año, durante un mes, hasta la residencia que se encuentra en la capital, Katmandú. Allí, entre flores de colores y atardeceres vibrantes, tienen comida y alojamiento, aprenden técnicas de fisioterapia y reciben medicamentos. Pero lo más importante va más allá: reciben el respeto y el apoyo emocional de las trabajadoras del centro y del resto de madres. Y ese cariño se traslada de forma innata a los pequeños, favoreciendo su desarrollo.

Sabita con Isika

Antes de ir al centro de día por primera vez, Sabita creía que su vida sería un infierno. “Me pasaba el día llorando. Tuve que hacer frente a las dificultades de la enfermedad de mi hija y al rechazo de mi marido y su familia: creí que nuestra situación nunca mejoría”, recuerda con voz baja. “Ahora lo he entendido: poco a poco, con paciencia y esfuerzo, van mejorando. Isika antes apenas podía moverse, no sostenía la cabeza y tenía las manos y las piernas rígidas. Ahora tiene movilidad y me encanta jugar con ella y ver cómo se ríe”, añade con orgullo.

“Sé que la parálisis cerebral no permitirá a mi hija llevar una vida normal, pero si logro que pueda ir al baño sola, que pueda comer sin sufrir, todo esfuerzo merecerá la pena. Solo otras madres que estén pasando por lo mismo que yo pueden entender qué significan esas acciones que parecen tan sencillas”, explica Sabita. “Por eso, tener a Mira cerca y compartir retos y avances es tan importante para mí. Nos encanta hacerlo todo juntas, desde dar de comer a Isika y Aloon hasta dar un paseo. A veces, sin más, nos ponemos a bailar y se nos olvidan todas las dificultades”, añade sonriendo.

Sabita y Mira han entendido que, a veces, la amistad es la mejor compañera de maternidad, de dificultades, de vida y de viaje.

Sabita y Mira, amistad a primera vista

Texto y fotografías: Katia Álvarez Charro

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