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El camino de Roishan a la escuela

En Sri Lanka, miles de niñas y niños afrontan dificultades para acceder a la educación y continuar sus estudios. 

La Fundación Vicente Ferrer impulsa espacios educativos y de protección para cerca de 3.700 menores en situación de vulnerabilidad. 

“Me gustan las matemáticas”, afirma Roishan, de nueve años. Cada mañana recorre a pie los senderos de Hatton para llegar a la escuela, una zona rodeada de campos de té en el centro de Sri Lanka. El trayecto es mucho más que un camino para él: es un paso importante para alcanzar su sueño de convertirse algún día en médico. 

Su madre, Madushani, cuenta que a su hijo le gusta más estar en la escuela que en casa. Ambos viven en la vivienda del hermano de ella porque su pueblo natal queda demasiado lejos del colegio. Roishan asiste a uno de los espacios educativos y de protección impulsados por la Fundación Vicente Ferrer, donde recibe apoyo escolar, comparte tiempo con otros niños y encuentra un entorno seguro en el que seguir aprendiendo.

Cada mañana camina junto a sus amigos Sabareeshan y Gobishan. Los tres comparten el mismo sueño: “Queremos ser médicos para curar a las niñas y a los niños”. El sendero de arena rojiza que conduce hasta la escuela no siempre es fácil de recorrer. Roishan tiene una malformación en una pierna que dificulta sus movimientos y hace que caminar largas distancias le cueste más. Sus amigos lo saben y, cuando el terreno se complica, se convierten en su apoyo para que pueda llegar a clase.

Aunque las mayores barreras no están siempre en el camino. A veces, su discapacidad le impide participar en los juegos con el resto de sus compañeras y compañeros. “Hoy el profesor no me dejó jugar por culpa de mi pierna. Todo el mundo juega y yo me quedé solo”. Roishan explica estas confidencias a su pez Pita, al que cuenta aquello que, según su madre, nunca se atreve a contarle a ella.

Cuando corre o salta siente dolor en las rodillas, el abdomen y la cintura. Le duele gran parte del cuerpo, pero rara vez se queja. “Mi deseo es que pueda seguir estudiando”, dice Madushani. Roishan siempre le responde lo mismo: cuando sea médico, curará su pierna para que su familia no tenga que gastar tanto dinero en tratamientos. 

La vuelta al cole no llega para todas las niñas y niños 

La historia de Roishan refleja la realidad de miles de menores en Sri Lanka. Aunque la educación es un derecho universal, acceder y permanecer en la escuela sigue siendo un desafío para muchas familias. Más de 272 millones de niños, adolescentes y jóvenes no estaban escolarizados en 2024 en todo el mundo, según la UNESCO. La pobreza continúa siendo el principal factor de exclusión educativa. Los menores de familias con menos recursos tienen más probabilidades de abandonar la escuela antes de tiempo y más dificultades para acceder a mejores oportunidades de aprendizaje.

La inclusión de las personas con discapacidad también continúa siendo insuficiente. Las barreras físicas, la falta de materiales adaptados y la escasa formación especializada del profesorado dificultan que miles de niñas y niños puedan ejercer plenamente su derecho a la educación. El informe concluye que el mundo no avanza al ritmo necesario para alcanzar en 2030 los objetivos globales de acceso, equidad y aprendizaje.

En Sri Lanka, la profunda crisis económica de los últimos años ha agravado todavía más esta situación. Los niveles de pobreza se han triplicado, alrededor de un millón de menores necesita apoyo educativo y más de tres millones de personas viven en situación de vulnerabilidad. Casi la mitad de niñas y niños de cuatro años no accede a educación preescolar y numerosos adolescentes abandonan la escuela debido a las dificultades económicas. Esta situación limita las oportunidades de desarrollo de toda una generación. 


Aprender y sentirse protegidos

En este contexto, los espacios educativos y de protección impulsados por la Fundación Vicente Ferrer ofrecen un lugar donde niñas y niños como Roishan pueden seguir aprendiendo en condiciones seguras. En estos espacios se ofrece apoyo escolar, acompañamiento psicosocial, alimentación y actividades recreativas en entornos seguros e inclusivos a alrededor de 3.700 menores.  

El trabajo no se limita al apoyo dentro del aula. La Fundación también impulsa acciones para mejorar la nutrición, promover hábitos de higiene y fortalecer la protección de la infancia con la creación de comités comunitarios y el trabajo conjunto con las autoridades locales. 

Roishan seguirá recorriendo cada mañana los caminos de Hatton con sus amigos. Para él, como para miles de niñas y niños en Sri Lanka, ir a la escuela es mucho más que asistir a clase: es la oportunidad de imaginar y construir un futuro diferente.

Infancia Sri Lanka
Texto: Anna Diaz
Fotografía: Oliver de Ros / FVF