Ayesha: un sendero hacia la igualdad

Con 12 años y una parálisis que afecta a la mitad derecha de su cuerpo, esta joven nepalí demuestra que lo más importante del camino que queda por recorrer es seguir adelante
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Suena el timbre que marca el comienzo del recreo y Ayesha da un brinco en la silla. La clase de cocina es su favorita pero si tiene que elegir prefiere, como cualquier niña, el partido de fútbol que juega con sus amistades en el descanso. Con un brillo de ilusión en sus ojos verdes y movimientos rápidos y precisos, se ata los cordones y rápidamente domina el patio, convertido en campo de fútbol.

Ayesha tiene 12 años y acaba de tener la menstruación por primera vez. Está empezando a aprender conceptos básicos de higiene menstrual. Pasa el rato con sus compañeras, ayuda en las tareas de casa y vive una infancia como la de cualquier niña, excepto por una cosa: esta joven nepalí tiene hemiplejia, una parálisis que afecta a la mitad derecha de su cuerpo, agravada por una pérdida auditiva parcial.

Katia Álvarez |SGCP Nepal

Nepal alberga cerca de un millón de personas que, como Ayesha, conviven con una discapacidad. Al menos un tercio de los casos podrían evitarse con una nutrición adecuada pero la pobreza y la falta de recursos impiden que se reduzcan las cifras. Más allá de los retos físicos, tener una discapacidad en Nepal supone una pesada carga emocional. En este rincón del mundo, marcado por la espiritualidad, la discapacidad es interpretada por muchas personas como un castigo divino.

Ayesha ha enfrentado este estigma desde su infancia, pero su historia es la de una resistencia silenciosa contra estas creencias tan arraigadas y, además, de lucha contra la falta de acceso a unos cuidados de calidad. En un país donde los centros de atención especializada son escasos, las dificultades para obtener atención médica personalizada son evidentes. Además, esta realidad se ve agravada por la falta de inclusión en el sistema educativo, pues la mayoría de niñas y niños con discapacidad no tienen acceso a la educación formal.

En este contexto, la Escuela de Educación Especial que la Fundación apoya en el Valle de Katmandú se erige como un faro de esperanza. Entre las paredes de sus coloridas clases y el verde vibrante de sus exteriores, especialistas de diversos ámbitos trabajan incansablemente para que niñas y niños con discapacidad puedan mejorar sus habilidades de movilidad y comunicación, incorporarse al sistema educativo formal e impulsar su independencia.

Katia Álvarez |SGCP Nepal

"Ayesha ya puede realizar su rutina básica de forma independiente: se ata los cordones, va al baño, lava los platos… También participa mucho en clase y ayuda a otras compañeras. Es muy emocional y un poco cabezota, le gusta hacer todo por su cuenta y suele llorar cuando tengo que decirle que no a algo. Eso es también un gran avance. Tener emociones y aprender a expresarlas es parte del proceso de aprendizaje”, cuenta con orgullo Jenisha Rana, profesora de “Makalu Himal”, la clase de Ayesha que recibe el nombre de la quinta montaña más alta del mundo en la frontera entre Nepal y China.

Katia Álvarez |SGCP Nepal

Además de cocina o jardinería, en todas las actividades se incluye una perspectiva de mejora en las habilidades para la vida relacionadas con la higiene o el autocuidado. El alumnado puede ir cambiando de clase dentro de la escuela en función de sus mejoras y se les prepara cada día para que puedan incorporarse a la educación formal reglada, entendiendo y haciendo entender, con cariño, que cada caso es diferente y no siempre será posible. Además, para aquellas niñas que, como Ayesha, demuestran una alta capacidad de aprendizaje, la escuela imparte una formación profesional en la que aprenden a preparar diferentes productos que venden y reinvierten en nuevos materiales.

Ayesha es única, pero su historia es una de las muchas que guardan las paredes de esta escuela, situada en pleno corazón del país de los Himalayas. Al abrir las ventanas y perder la vista en sus infinitas montañas y senderos, hay una certeza implacable que nos impulsa a seguir: aún queda camino por recorrer.

 

Texto: Carlota Pizá y Katia Álvarez | Fotos: Katia Álvarez