Rosa Maria Calaf
Es una de las periodistas de referencia en el ámbito internacional. Fue, durante 37 años, corresponsal de TVE en varios países del mundo. En 1998 se instaló en China para dar cobertura a todo el área Asia-Pacífico. Ha sido testigo de guerras cruentas y ha comprobado cómo la mujer es una víctima por partida doble de los conflictos. Ha viajado a la India en numerosas ocasiones, la primera de ellas, a través de los ojos de su abuelo.

"No es asistencialismo, es compromiso con la justicia"

La Fundación

Mis primeros recuerdos de la India datan de cuando yo tenía unos siete años... no provienen de apasionantes libros de aventura  ni de sugestivas imágenes de cine sino de los relatos de mi abuelo. Empresario y viajero visitó aquellas tierras allá por 1915. Décadas después, no me contaba cuentos exóticos sino vidas reales. Supo inocularme la curiosidad y el interés por lo diferente, sembró en mí la necesidad de conocer para comprender.

Y, la India ha ido conmigo como expresión de los injustificados contrastes e intolerables desigualdades que vive la humanidad pese al supuesto progreso y a la era de la información. Con sus recursos de poder duro: arma nuclear, misiles y programa espacial; y los de poder blando: democracia, vibrante popular transnacional y valiosa diáspora. Con sus fragilidades económicas, sociales y educativas. 

Nunca olvidé - y tengo todavía- las cartas que, tras unas devastadoras inundaciones en Kerala, le envió a mi abuelo un amigo indio: con ellas aprendí, a temprana edad, que no todos somos iguales ni tan siquiera ante la lluvia.

Nunca olvidé las cartas que un amigo indio envió a mi abuelo: con ellas aprendí, a temprana edad, que no todos somos iguales, ni tan siquiera ante la lluvia

Asimismo, que  hay muchos mundos, pero, que están en este y que todos  somos responsables de sus problemas. Y, por supuesto, de sus soluciones. Por eso, hay que saber  y hay que actuar.  De ahí,  la importancia, de luchas  como la de  Vicente Ferrer  para sensibilizar y pasar a la acción. De ahí, la obligación para los medios de comunicación de transmitir un mensaje veraz y  ser herramienta de cambio.

Se suele hablar de la pobreza como algo inevitable e inherente al orden natural de las cosas. Más resultado de conflictos, de catástrofes que origen de los mismos o del agravamiento de las consecuencias. Se prefiere ignorar que ese origen y esa causa acostumbran a tener autor. 

Hay muchos mundos, pero todos somos responsables de sus problemas. De ahí la importancia de luchas como la de Vicente Ferrer para sensibilizar y pasar a la acción.

No es el clima, ni la tierra, ni la ausencia de paz lo que lleva a que 3.000 millones de personas nazcan, mueran y, en el entretanto, no puedan hacer más que intentar sobrevivir  y  a que eso suceda sin que  tengan voz para oponerse a semejante abuso. 

Salta a la vista  y, no obstante, ¡que pocas veces  se  relaciona la pobreza  con la violación de los derechos humanos! Sociales y económicos  y, también, civiles y políticos porque la falta de acceso a la salud, a la vivienda, a la escuela cierra el paso de los pobres a la vida pública y a que tengan peso en las políticas que les conciernen

Visitar Anantapur es darse cuenta de que es posible tener una  vida mejor. No es cuestión de asistencialismo sino de desarrollo. No es caridad, es compromiso con la justicia.

Un día, oí como un colega norteamericano le preguntaba a una niña -en un barrio de  cartones y hojalata- qué es lo que le gustaría  ser cuando fuera mayor. La pequeña se quedó callada: sabía que no tenía opciones. 

Visitar Anantapur es darse cuenta de que es posible tenerlas y con ellas una  vida mejor. No es cuestión de asistencialismo sino de desarrollo. No es caridad, es compromiso con la justicia.

La agenda antipobreza como defensa de los derechos humanos hay que impulsarla en los tribunales, la arena política y los medios. La sociedad se hace pocas preguntas… ¿por qué no llama la atención que los gobiernos gasten mucho más contra el terrorismo que contra la erradicación de la pobreza siendo una amenaza que afecta a muchos más?, ¿en qué medida el bienestar de unos pocos tiene que ver con la miseria de tantos?

Debería ser permanente el debate mediático, independiente y alejado de todo dogma, en torno a políticas y prácticas que sirven a la injusticia. No se puede ser cómplice del desconocimiento, de la indiferencia, de una cultura que azuza el retroceso ético.

Creo que hay que acabar contra la diseminación de estereotipos y silencios. Es lo que me enseñó mi abuelo.