Violencia en femenino

  • En 2012 se registraron más de 245.000 casos de violencia de género en la India, un 11% de los cuales se localizaron en el estado indio de Andhra Pradesh, el segundo con mayor número de agresiones a mujeres.

Cada 60 minutos dos mujeres son violadas en la India y cada dos horas una mujer casada es maltratada por su marido, quemada viva o arrastrada al suicidio, según datos del Programa de Desarrollo de Naciones Unidas del 2010. El año pasado se registraron más de 245.000 denuncias de violencia de género en todo el país, una cifra que no para de crecer. Andhra Pradesh, con más del 11% de estas denuncias, es el segundo estado indio con mayor índice de agresiones a mujeres, con un total de 28.171 casos registrados a pesar de que la mayoría de agresiones no se registran. Aunque la Constitución india apoya la igualdad de las mujeres, existe aún una fuerte discriminación de género en todos los ámbitos. Las mujeres ocupan los últimos lugares de la sociedad y también en su familia, y muchas son objeto de diversas formas de agresiones y abusos a lo largo de su vida, como el infanticidio femenino, acoso sexual, violencia doméstica, secuestro, violación y otras prácticas tradicionales perjudiciales como la dote o los matrimonios precoces.

Suguna, de 26 años, ha vivido la violencia en sus propias carnes. Con tan sólo 18 años se casó con su tío, el hermano menor de su madre, siguiendo la costumbre de muchos padres en la India de casar a sus hijas con hombres de la misma familia para fomentar la seguridad y el bienestar de las jóvenes. En el caso de Suguna, a pesar de que el matrimonio funcionó bien al principio, al cabo de un tiempo empezaron los malos tratos y las humillaciones por parte de él. “Me decía que era una carga cuando le pedía dinero para comprar comida o cosas de la casa, me trataba mal y cuando se enfadaba llegaba a pegarme. Me echaba la culpa de todo. Yo sólo quería morirme”, explica con tristeza la mujer.

Al dar a luz a su primera hija, Suguna regresó al pueblo de su padre, viudo desde hacía unos años, donde se quedó un tiempo. A su regreso al hogar, su marido ya no estaba y se enteró por terceras personas de que se había ido a vivir a una población vecina y se había casado con otra mujer. Al estar ausente su pareja, los suegros y a la vez abuelos de Suguna empezaron a tratarla mal: “Me pegaban, me humillaban y no me daban de comer”, se lamenta la joven. Suguna, tras varios intentos fallidos para reconducir su situación de pareja, denunció -con el apoyo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF)- a su cónyuge y volvió a casa de su padre. No obstante, estando embarazada de su segundo hijo, vio como éste también le negaba apoyo, quedándose sin un lugar donde vivir.

Para apoyar a mujeres desamparadas como Suguna, la Fundación dispone en la localidad de Bathalapalli, en el distrito de Anantapur, de una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género. El centro ofrece en la actualidad apoyo a una decena de mujeres, la mayoría entre 14 y 35 años, que se encuentran en situaciones difíciles después de haber sufrido violaciones, violencia física y verbal, matrimonios forzados o abandono por parte del marido. Además de un techo y comida, las chicas reciben tratamiento médico y psicológico, así como asesoramiento y consejo legal para ellas y sus hijos. Desde el mes de junio de 2012, cuando entró en funcionamiento el centro, han pasado por él 33 mujeres. “Generalmente las chicas que recibimos aquí no tienen ningún apoyo. Son huérfanas o sufren rechazo de su familia y no tienen donde ir. Llegan generalmente en un estado muy bajo de autoestima, con depresiones e incluso muchas de ellas piensan en quitarse la vida. En el centro les damos ayuda y un espacio para que hablen libremente sobre sus problemas”, explica Sakunthala, directora del centro.

Por otro lado, la FVF hace a la vez de intermediario entre estas mujeres y sus familias o comunidades, intercediendo para solucionar conflictos. Gracias a esta mediación algunas han podido solventar sus problemas y volver a sus pueblos con los suyos. Si por el contrario no se llega a un acuerdo, la Fundación les ofrece una salida para que puedan mantenerse y logren ser autosuficientes. Para ello, muchas de las chicas del centro continúan con sus estudios o reciben diferentes cursos de bordado, artesanía o barritas de incienso.

Suguna, que ahora vive en la casa de acogida de la Fundación, donde ingresó hace un año, ha aprendido a bordar y ahora enseña a otras chicas del centro, mientras espera a que el juez dicte sentencia para que su marido le pase una pensión y le ceda una casa donde ella y sus hijos puedan vivir. La joven, que no olvida todo lo ocurrido, mira con esperanza el futuro y con la confianza de poder tener a partir de ahora una vida mejor.