Sivamma: “Continuamos con el oficio de nuestros antepasados, pero ahora vivimos mejor”

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© Olga Sarrado/FVF

“Las marionetas son nuestra vida. Hemos crecido con ellas y son nuestra fuente de ingresos”, explica Sivamma, una mujer de 50 años, mientras mueve entre sus manos un títere de cuero que ella misma ha fabricado. Se trata de un negocio con más de un siglo de historia que está consiguiendo sobrevivir gracias a un préstamo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) para promover el desarrollo económico de las mujeres.

“A los 16 años me casé y mi marido me enseñó a hacer marionetas para venderlas pero no ganábamos lo suficiente para vivir, asegura Sivamma. Pidieron un préstamo del Gobierno para comprar pinturas, pegamento, hierro y piel de cabra para hacer el cuero. Pero aún así, no era suficiente porque las ventas no aumentaron y, con la llegada del cine y la televisión, los espectadores han perdido el interés por las marionetas.

Desde hace seis años, las 55 familias de Nirmalakunta que se dedican a este negocio se benefician del Fondo de Desarrollo de la Mujer de la Fundación. Cada mujer recibe 10.000 rupias, un dinero con el que pueden comprar el material necesario y viajar a las ciudades para vender sus marionetas. “Además, cuando vamos a las ciudades recogemos ideas nuevas para fabricar otros objetos como relojes y lámparas”, añade Sivamma. Así, las familias consiguen devolver el préstamo en 10 meses y tener una estabilidad económica durante todo el año.

“Hemos conseguido continuar con el oficio de nuestros antepasados, pero ahora vivimos mejor. Las familias están unidas y los niños pueden ir a la escuela, afirma la mujer mientras recuerda su infancia. “Desde pequeña iba de pueblo en pueblo con mis padres y mi hermana mayor representando funciones para todos los vecinos. Viajábamos durante un año y después regresábamos a casa”. Los tres meses que pasaban en Nirmalakunta sólo les servían para reparar algunas marionetas y preparar el nuevo viaje. “Nos lo pasábamos muy bien. Al público le encantaban nuestras historias, pero trabajábamos duro y ganábamos muy poco dinero. No podíamos ir al colegio, no teníamos ropa y dormíamos en cabañas de tela”.

Ahora, las mujeres dirigen el negocio y se reúnen dos veces al mes en la escuela de la Fundación. Un día hablamos de nuestras inquietudes y de nuestros problemas, y otro de negocios, explica la mujer, que completa sus ingresos con una pequeña parcela de tierra en la que cultiva cacahuetes. “Mis bisabuelos, mis abuelos y mis padres se dedicaban al mundo de las marionetas, y ahora también lo hacemos mis hijos y yo”, afirma Sivamma orgullosa de seguir con la tradición familiar. Tras la pérdida de su marido, ahora vive con uno de sus tres hijos, que se ha convertido en su nuevo compañero de trabajo. “Él se ocupa del diseño y yo del color”, explica la mujer.

Ahora las funciones se reservan para los días de fiesta. “Somos los mayores los que nos subimos al escenario. Los jóvenes no conocen las historias”, explica Sivamma que recuerda con nostalgia las noches en las que pasaba más de ocho horas frente al público contando cuentos a través de sus marionetas. “Eran historias de amor y leyendas de dioses, cantábamos canciones y jugábamos con la luz de las velas y los colores porque no había electricidad”. El próximo mes de enero viajará a Delhi con su hijo. “Estoy muy emocionada. Espero vender mucho y traer muchos materiales para mis compañeras. Ya he aprendido los números en inglés porque allí no hablan telugu, afirma Sivamma, igual de emocionada que cuando era una niña y preparaba un nuevo viaje con sus padres.

  

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