Obaiah: “Mis padres no creían que un niño ciego pudiera estudiar”

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A Obaiah le pusieron el nombre de un santo para que le conservara la poca visión que tenía al nacer, pero la solución habría sido una operación a tiempo. Aún así, y a pesar de que cinco años después la polio le causó atrofia muscular en las piernas, este joven de 25 años no gasta ni un solo instante en lamentarse y cuando echa la vista atrás sólo recuerda los buenos momentos, como el día en que Sirappa, director del sector de Sanidad de la Fundación Vicente Ferrer (FVF), y Dasarath, director del de Personas con Discapacidad, visitaron por primera vez en su casa.

“Dasarath y Sirappa tuvieron que venir una veintena de veces a mi casa para convencer a mis padres de que me llevaran a la escuela para niños ciegos que la Fundación iba a abrir en Kuderu”, relata el joven. Por aquél entonces, como explica Anna Ferrer, presidenta y directora ejecutiva de la FVF, “los padres no creían que sus hijos e hijas con discapacidad visual pudieran estudiar y pensaban que en sus aldeas todos se reirían de ellos”. “Mis padres no sabían que existía el braille, y sólo pensaban: ¿Cómo puede estudiar un niño que no ve? ¿Cómo puede ser capaz de vivir lejos de casa?”, apunta Obaiah. Pero al final, el esfuerzo vio sus resultados y Obaiah se convirtió en uno de los tres primeros niños y niñas ciegos que conseguiría estudiar gracias a las escuelas para personas con discapacidad de la Fundación.

“La escuela tenía cuatro habitaciones: una sala para el maestro donde también se preparaba la comida, un almacén y dos clases, una de ellas se convertía en nuestro dormitorio por la noche”, recuerda Obaiah. Eran unas instalaciones sencillas donde durante dos años estudió braille y adquirió los conocimientos necesarios para acceder a la escuela secundaria. “Cuando llegué a la escuela de Nandiala me costó adaptarme al ritmo, al modo de vida y a mis nuevos compañeros. Era muy aplicado en mis estudios y el primer año, por recomendación de mis profesores, realicé directamente los exámenes de 7º curso”, explica. De Nandiala se marchó a Tirupati, donde estudió bachillerato, después se licenció en Arte y finalmente hizo un master de Literatura Inglesa. Allí tuvo que aprender a valerse por sí mismo y a vivir en un mundo “no adaptado” en el que ninguno de sus compañeros tenía discapacidad.

Inquieto y bromista, este joven seduce con su personalidad, su inteligencia y sus habilidades. Le gusta la poesía, el cricket y disfruta cantando en cualquier ocasión mientras su familia y vecinos escuchan atentos. Pero todo esto no lo ha conseguido sin esfuerzo. Obaiah ha tenido que luchar para que sus vecinos dejaran de llamarle por su mote, para que los cobradores del autobús dejaran de insultarle al pedir el descuento por discapacidad, para que sus compañeros y compañeras dejaran de ignorarle. Su técnica, simpatía pura: “Cuando alguien me habla mal no le hago caso, la gente se da cuenta por sí misma de que soy una buena persona y de que la discapacidad no influye en mi carácter. Cuando mis compañeros y compañeras de la universidad comenzaron a conocerme se dieron cuenta de que soy muy divertido y desde entonces siempre me buscaban para que fuera con ellos”, narra Obaiah.

Mucha de esa fuerza la sacó de su padre quien, un día mientras fabricaba herramientas para el campo, se cortó una pierna, se le infectó y se la tuvieron que amputar. “Cuando visitaba mi pueblo iba con mi padre al shangam de la Fundación donde las personas con discapacidad se unían en grupo para conseguir préstamos y resolver entre ellos sus problemas; mi padre fue líder de este shangam”, explica Obaiah. “Mi padre era analfabeto pero sabía mucho y tenía una conciencia muy crítica. Solía sentarme con él y escucharle hablar de política, de economía, de cómo funciona la sociedad. Me trataba como a un amigo y yo le admiraba”.

Ahora Obaiah está cumpliendo uno de sus deseos: desde hace un mes es profesor en la escuela para jóvenes con discapacidad visual de la FVF en Bathalapalli. “Si no hubiera podido estudiar, probablemente hoy estaría muerto”, afirma Obaiah con tono firme. Aún hoy se encuentran casos de personas con discapacidad a las que se encierra en sus casas, donde ayudan en lo que pueden a sus familias pero sin ninguna opción de futuro. “En estos 15 años he visto cómo la sociedad ha cambiado pero aún lo tiene que hacer más. Las personas con discapacidad necesitan el apoyo de su comunidad para sentirse seguras y poder dar pasos adelante, estudiar y tener ganas de vivir”, afirma Obaiah.

De los tres primeros niños ciegos que estudiaron en aquella modesta escuela de Kuderu, dos, Obaiah y Nagamany, completaron sus estudios y hoy son profesores. Ahora esos tres chicos han pasado a ser más de 1.300 chicos y chicas con discapacidad que cada año estudian en las escuelas de la Fundación. No son números: lo que suman son historias individuales de superación y dignidad, presente y futuro.
 

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