M. C. Viranna: “La tierra da libertad e independencia a los dálits”

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“Cuando era pequeño lo importante no era ir a la escuela, sino conseguir comida”, recuerda este hombre de 56 años, ante la atenta mirada de su padre, sus hijos y sus nietos. Viranna dejó la escuela al acabar Primaria y a los 14 años ya estaba trabajando como jornalero para los terratenientes del pueblo, pertenecientes a las castas altas. Jamás imaginó el cambio que daría su vida pocos años después, cuando pasó de ser un “intocable” fuera del sistema de castas, sin apenas derechos y sin perspectivas de futuro, a un modesto propietario de tierras de cultivo.

“No pensaba en jugar sino en trabajar para poder comer. En mi casa comíamos una vez al día, o incluso a veces cada dos. Trabajábamos duro, ganábamos muy poco y sólo nos pagaban cuando los terratenientes querían”, explica Viranna. “Además, nos servían la comida en las manos o en hojas porque no querían que comiéramos en sus platos porque éramos 'intocables'”. Su padre Kariappa, que se sienta junto a él en el suelo, interrumpe la conversación con un gesto de indignación. “¡Ni si quiera podíamos sacar agua del pozo porque decían que la íbamos a contaminar! Nos daban muy poca cantidad de agua, y nos decían que con eso ya teníamos suficiente.

La familia de Viranna se sorprendió cuando Mick, uno de los primeros voluntarios de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) en los años 70, les habló de sus derechos. “Nos dijo que ellos querían ayudarnos a luchar contra la pobreza y la discriminación por casta, era la primera vez que alguien nos hablaba de esto, apunta Viranna, que por entonces era un joven de 18 años. El personal de la Fundación les habló de las tierras que el Gobierno estaba dando a los dálits, gracias a una nueva ley que limitaba el número de hectáreas que podía tener un sólo terrateniente, redistribuyendo lo que excediera esta cantidad entre las comunidades más desfavorecidas. Así, en 1975 la familia de Viranna consiguió dos hectáreas de terreno.

La familia de Viranna fabricó sus propias herramientas para trabajar el campo, y con el fondo de crédito para la comunidad que impulsó la Fundación pudo comprar semillas. Las lluvias fueron benevolentes aquel año y consiguieron una buena cosecha de cacahuete, principal cultivo del distrito de Anantapur. De esta manera, pudieron devolver el fondo. Aún así no era suficiente, la mitad de nuestras tierras eran inservibles porque estaban en muy malas condiciones y a veces teníamos que trabajar como jornaleros en las tierras de otros”, explica. Las tierras que el Gobierno les había entregado estaban llenas de piedras y maleza. “En aquél tiempo no podíamos permitirnos estar un día sin trabajar, por eso la Fundación organizó a los vecinos para que acondicionaran las tierras y a cambio nos daban un incentivo”. Con la tierra ya preparada, la familia de Viranna empezó a cultivar lentejas, ricino (una planta medicinal típica de la zona) y mangos. Hace un año la FVF instaló una placa solar, una bomba de agua y un sistema de riego por goteo en su terreno, que garantizan el correcto crecimiento de los mangos y optimizan el uso del agua.

El monzón no llega a Anantapur
Viranna es uno de los casi dos millones de campesinos de Anantapur que tiene una tarjeta de empleo público. Con ella, cuando las cosechas no son buenas, pide trabajo no cualificado al Gobierno a cambio del salario mínimo. Tras la fuerte sequía de este año se ha acogido a este programa para poder obtener ingresos. Ahora excava zanjas en los campos para ayudar a acumular el agua y mira al cielo preguntándose cuándo vendrán las lluvias. El monzón tenía que haber llegado a principios de junio, si no llueve pronto no podremos plantar y si se retrasa demasiado las cosechas no madurarán lo suficiente”, explica.

“En la India, la mayoría de las personas dependen de la agricultura. La tierra es el recurso de los pobres. Es importante que todos los dálits y las personas de las castas desfavorecidas tengamos nuestra parcela de tierra, porque con ella ganamos independencia y libertad, afirma. Además, el Gobierno construyó para esta familia una nueva casa en 2002. “Hasta entonces vivíamos en una cabaña de paja y bambú y suelo de tierra, durante las lluvias nos mojábamos y entraban animales como serpientes y escorpiones. Mi abuela murió por una picadura de serpiente cuando estaba en casa”, explica.

De sus cuatro hijos, dos han estudiado y ahora trabajan uno en Kalyandurg, un pueblo cercano, y otro en Bangalore. Su hija, que finalizó bachillerato, vive con la familia del marido, y el hijo mayor trabaja con él en el campo. “Yo soy analfabeto y es muy difícil ganarse la vida en el campo, no quería eso para mis hijos y he conseguido que al menos tres de ellos tuvieran una buena educación, afirma Viranna. Además, asegura que ha visto cambiar la actitud de sus vecinos de casta alta: “Muchas personas de castas altas han entendido que nos tienen que respetar. Ahora a los jornaleros les sirven la comida en un plato y hasta les dan yogur y café”, afirma. “Seguimos teniendo dificultades, cultivar conlleva muchos gastos, pero ahora comemos cada día, nuestros hijos y nietos pueden ir a la escuela y vivimos en una casa segura”, explica. Ahora ya no son “intocables”, sino personas con derechos.
 

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