Silvia García: "La gente es mucho más consciente de lo que significa el comercio justo"

  • Es coordinadora de un proyecto de economía social que contrata y empodera a mujeres de zonas rurales en situación de extrema vulnerabilidad

El proyecto de comercio justo de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) se puso en marcha en 2001 para dar respuesta a la discriminación contra las mujeres con discapacidad en las zonas rurales de Andhra Pradesh. La sevillana Silvia García, licenciada en económicas y con gran experiencia a sus espaldas en el sector  de la cooperación, es la coordinadora de este proyecto de economía social. La iniciativa persigue que más de 300 mujeres de las zonas rurales de Anantapur consigan independencia económica, puedan mejorar su autoestima y al mismo tiempo aprendan un oficio.

Tras casi dos años en Anantapur, ve cómo esta iniciativa cambia día a día la vida de muchas personas y se siente orgullosa de que cada producto que comercializan tenga una gran historia detrás.

¿Cuál es tu misión como coordinadora?

Establecer y coordinar la organización interna para que todo el engranaje del programa funcione. Al mismo tiempo, también trabajo con la directora adjunta del proyecto, la contraparte local, Safia Begum, para potenciar técnicas de gestión de talleres y de recursos humanos. También como representante en ferias internacionales o para cerrar acuerdos de venta.

¿Cuáles crees que son, en tu opinión, los retos del proyecto?

El principal reto es formar a profesionales locales para que puedan convertirse en trabajadoras autónomas dentro del proyecto de Comercio Justo. Esto afecta tanto al personal de oficinas como de talleres: organizar la producción, relación con proveedores o resolución de problemas e imprevistos. Asimismo, también luchamos para mejorar la sostenibilidad del proyecto y revertir los beneficios en la contratación de más mujeres.

¿Cómo ha repercutido en las comunidades rurales?

Lo más esencial es el empoderamiento de todas estas mujeres. La mayoría de las chicas provienen de familias empobrecidas y han sido marginadas por su discapacidad desde que nacieron y cuentan con una autoestima muy baja. En lo primero que incidimos es precisamente en trabajar su amor propio para que la seguridad en ellas mismas aumente. Ahora sus familiares las respetan porque tienen ingresos y tienen poder de decisión sobre el matrimonio. Este es un programa de inserción laboral y social y cuando estas chicas vienen a los talleres su vida adquiere una rutina.

¿Cómo responde el público a este tipo de productos de comercio justo?

Tengo la sensación de que poco a poco la gente es mucho más consciente de lo que es el comercio justo y lo que significa. Con respecto a la FVF, observamos una respuesta positiva al comprar productos de proyectos como el nuestro,  en los que se rechaza la explotación infantil, se respetan los derechos humanos, que suponen una mejora de vida para sus productores y en el que se valora la producción sostenible. Actualmente ya cubríamos la producción y la distribución de los productos acabados, pero ahora incluso estamos intentando ser proveedores de nuestra propia materia en el sector textil trabajando con algodón orgánico de telares.

¿Cuáles son los productos que más gustan?

El perfil de consumidor en España es distinto al que compra en nuestra tienda en Anantapur. Estos últimos generalmente son personas que viajan, que para regresar solo pueden facturar una maleta de 23 kilos como mucho y que no van a comprar productos de gran peso como alfombras o productos realizados con yute, sino más bien regalos y recuerdos pequeños como llaveros, joyería o alguna camiseta. Las ventas en España, tanto en las tiendas solidarias o a través de nuestro canal de venta online, se centran más en productos de decoración y de textil.

¿Y las perspectivas de futuro?

Nuestro objetivo es abrirnos al mercado indio y  por eso el 31 de mayo está previsto empezar la venta online en la India y en Estados Unidos, ya que recientemente abrimos delegación allí. A día de hoy contamos con 11 talleres residencias en los que se trabajan distintos materiales (como el yute, el papel maché o textil) y en los que participan unas 300 mujeres. Sin embargo, es necesario seguir creciendo para poder contratar a más mujeres en riesgo de exclusión al tiempo que ofrecemos un producto de calidad y acorde a los valores del comercio justo y respetuoso con el medio ambiente.